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Por Nicolás Gómez Baeza, Profesor de Historia

Hace pocos días, apareció en un diario electrónico argentino (enterándome a través de las redes sociales) que el Museo de la ciudad de La Plata, en la Provincia de Buenos Aires, restituirá los restos de Seriot al pequeño poblado y municipio de Tolhuin. ¿Dónde está Tolhuin? En Tierra del Fuego, Argentina. ¿Quién fue Seriot? Un Selknam, a quien en Argentina se le conoce como “héroe de la resistencia indígena en la Patagonia”, y que fue fusilado en 1897 en el marco de la “Campaña del Desierto” del general Julio Argentino Roca. Además, sus descendientes fueron reconocidos por el Estado, recibiendo una considerable cantidad de hectáreas en la misma isla de Tierra del Fuego (1).
Lo realizado en el vecino país da cuenta de una política de valoración de los pueblos originarios que no tenemos en Magallanes. Son políticas de reparación, fomentadas desde instituciones públicas y que buscan hacer justicia en torno a brutales acontecimientos que ya tienen más de un siglo. En Chile, si bien el llamado “genocidio Selknam” ha sido investigado, analizado y estudiado, con apreciaciones incluso en los actuales textos escolares de Historia (específicamente en 2° Medio), poco o nada se ha hecho para rememorar estos acontecimientos a nivel público o patrimonial. Por ello es que quiero proponer la necesaria reflexión sobre las no-políticas de reparación y memoria en la Patagonia en torno a la masacre ejecutada hacia nuestros pueblos originarios.
En Patagonia y Tierra del Fuego no fueron solamente los Selknam, sino también Aonikenk, Kaweskar y Yámanas las víctimas de diversas manifestaciones de la civilización occidental europea llegada a este espacio regional austral. El capitalismo y el cristianismo, como entidades culturales provistas de una auto atribuida superioridad (propia del siglo XIX imperial), llegaron de la mano de sus europeos representantes a ser impuestos en estos espacios, habitados por pueblos que no profesaban ni el ideal de progreso en torno a la producción, ni la religión de la cruz. De la ambición de los capitalistas (balleneros y ganaderos, especialmente) o de la misión evangelizadora de las órdenes cristianas, los pueblos originarios fueron víctimas y prácticamente desaparecieron. Los asesinatos por encargo, o la insistencia por insertarlos a formas de vida extremadamente opuestas a las que estaban acostumbrados, terminaron por ser causas para el exterminio.
Hoy, tras las delimitaciones que los Estados nacionales de Argentina y Chile hicieron a fines del siglo XIX, la Patagonia y Tierra del Fuego se encuentran divididas por un límite fronterizo, que se expresa también en la diferente manera que ambos países tienen de valorar la historia. A diferencia de las ciudades argentinas de la Patagonia Austral, en Punta Arenas puede observarse la admiración por la oligarquía tradicional de origen europeo, que lleva nombres de calles, y que se ve representada en museos o monumentos. Y no solamente el nombre de la calle José Menéndez, el busto del mismo empresario ganadero en pleno centro cívico, o la mansión Braun Menéndez hecho museo (todo decretado en la dictadura cívico-militar de Pinochet) son signo de aquella tendencia patrimonial ideológicamente sesgada. El mismo y famosísimo monumento central de la Plaza de Armas de la ciudad (fundado en 1920) es muestra de una representación de la superioridad del europeo, encarnado en la figura de Hernando de Magallanes, por sobre el “indio patagón”, al que muchos turistas llegan a besar o tocar su pie. Y si bien la gran mayoría de los inmigrantes europeos vino a estas tierras a ser parte de la extensa mano de obra empobrecida al servicio de los empresarios ricos y acaudalados, es innegable que la identidad inmigrante que ha sido puesta en valor de manera más notoria es la europea. La sobrevaloración del europeo “pionero”, muy especialmente de la clase alta de aquel origen, ha dejado históricamente en un segundo plano, por ejemplo, el rol del inmigrante chilote en la construcción social e identitaria regional, que hasta hace muy pocos años no tenía reconocimiento patrimonial público y permanente alguno (el monumento de la “Goleta Ancud” es muy reciente y el fenotipo de las esculturas de quienes llegaron aparentan rasgos europeos también). Así, y me atrevería a decir que de manera mucho más subordinada, se encuentra también en segundo (o tercer) plano dentro del reconocimiento en la historia regional, el rol de los pueblos originarios.
Quizás algunos pueden argumentar en contra de lo que estoy afirmando, que se ha revalorado una suerte de “identidad Selknam”, observándose por ejemplo en las innumerables tiendas que venden “artículos Selknam”, o restaurantes con las figuras del rito “Hain” en sus puertas, solamente por nombrar algunas. Pero no es más ni menos que eso: venta de “souvenirs” con figuras del “Hain”, que se han puesto muy de moda incluso a nivel nacional, transformándose en un emblema patrio contemporáneo más de Chile, tal como los “moai” o el “kultrún”, todo lo cual ha sido apropiado por las empresas turísticas para aumentar las utilidades o, al menos, poder sostener los negocios artesanales respectivos. Sin ganas de entrar en un debate respecto al lucro o al valor del trabajo de los pequeños empresarios, lo que quiero evidenciar es que con ello no estamos en presencia de un reconocimiento del legado o de la memoria de nuestros pueblos originarios, sino en su mera apropiación arbitraria y utilización para fines de mercado.
Existe hoy en Magallanes un patrimonio histórico hegemónico, difundido al menos durante los últimos cuarenta y tantos años, basado en parámetros racistas y eurocentristas (o sea, que Europa es predominante). Es un discurso que nos ha inculcado que el europeo, empresario y “pionero” construyó una sociedad magallánica moderna al alero de la civilización occidental a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Mientras tanto, los pueblos originarios han sido relegados al olvido, o peor aún: a ser “souvenirs” de turismo.
¿Cuál es el espacio en Magallanes para que se haga justicia al difundir las atrocidades históricas cometidas por esos mismos europeos “pioneros” sobre Selknam, Kaweskar, Yámanas o Aonikenk? ¿Dónde están esos espacios de reparación en la ciudad, en los museos, en los monumentos? La respuesta es simple: no existen, o en caso de existir algún resquicio de voluntad, se encuentra totalmente eclipsado por la exaltación del patrimonio de la oligarquía.
Mientras en Argentina se llevan adelante las políticas de valorización de los pueblos originarios como sujetos históricos, víctimas del avance de la civilización occidental capitalista-cristiana, generando incluso medidas reparatorias hacia descendientes (como expresa la noticia evidenciada al inicio), en Chile los hacemos “souvenirs” u objetos arqueológicos de un pasado pasivo. Aquel contraste con lo hecho por los hermanos argentinos, así como las obsoletas políticas patrimoniales ensalzadoras del “pionero” europeo que se sostienen en la región, dan para pensar si debemos seguir sosteniendo aquella deuda histórica con nuestros pueblos originarios, o bien si ya es hora de hacernos cargo de los episodios dolorosos de nuestra historia.

(1) “El Museo de La Plata restituirá los restos de un héroe de la resistencia indígena en la Patagonia”. Info Blanco sobre Negro Agencia de Noticias. Buenos Aires, Argentina. 22-03-2016. URL: http://infoblancosobrenegro.com/noticias/12191-el-museo-de-la-plata-restituira-los-restos-de-un-heroe-de-la-resistencia-indigena-en-la-patagonia

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