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Por Cristián Morales C.

La mitología del chaqueteo

Imagine que usted sube la escalera y antes de llegar al último peldaño siente que le jalan fuerte la chaqueta. Mira hacia abajo y reconoce a sus amigos, junto a otros que nunca antes había visto. Todos -sin vergüenza ni apremio-, colgados como mono de la chaqueta, cualquiera, la que usa siempre, lo tiran cada vez con más fuerza hacia abajo, superando la gravedad misma. Y sus piernas doblan queriendo ceder a las circunstancias. Pero resiste. Los otros también. Y la lucha se hace eterna y silenciosa. Entonces, en ese tira y afloja, en el acto de tratar de subir, entiende que tiene dos y sólo dos alternativas: avanzar con ímpetu y arrastrarlos a todos hacia la meta; o bien, caer y quedar nivelado, con el resto. Generalmente gana la segunda opción.
Así funciona el chaqueteo, institución que no paga impuesto y que regula la historia de los emprendimientos.
Todos los días alguien te fusila el sueño, la idea, la aventura de ser tú mismo. Bastaría mirar las chaquetas deshilachadas de la memoria para entender que cada nueva escalera, ilusión, avance de peldaño, tienen su contraparte.
La patria fundacional no está exenta a esta tragedia.
A propósito del natalicio de Bernardo O´Higgins, celebrado hace dos días, es bueno echar en cara que nuestro prócer murió triste y abandonado en el Perú, crucificado por una clase terrateniente que no aceptó la abolición de sus títulos nobiliarios. Fue víctima del chaqueteo, deporte nativo que se puede practicar de a uno o de manera colectiva.
Nadie se queja más en el orbe que nosotros de nosotros mismos, aún en la alabanza: “linda tu camisa”, dice uno; “sí pero es vieja”, responde otro.
El bombardeo a La Moneda, el año 1973, fue la expresión más cruenta y descarnada del chaqueteo. Un chaqueteo del que aún no nos recuperamos, aunque muchos quieran dar vuelta la página a fuerza de otros chaqueteos.
En la intimidad mitológica del chaqueteo da igual morir de un balazo fulminante o caer en medio del sueño con una sonrisa que se muerde las orejas. Porque los desahogos siempre son así: zangoloteos de algo que se viene.
Pero imaginemos otro Magallanes: Suba de nuevo la escalera y antes de llegar al último peldaño imagine que le empujan fuerte desde la chaqueta. Mire hacia abajo y reconozca a sus amigos, junto a otros que nunca antes había visto. Todos impulsándolo hacia arriba, apoyándolo por cualquier posible desliz. Y en el acto de subir, lo tiran con más fuerza, superando incluso a la Fuerza de Gravedad y logrando sortear así la cotidiana envidia que siempre busca nivelar hacia abajo.

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