“Llegué en una época en que las mulatas no se veía…”

 

 

Matilde Peña, de 4dominicana2 años, cambió el calor tropical y las caras siempre sonrientes, por el frío y los rostros duros de Magallanes.  Pero está feliz, cada segundo que pasa se siente más chilena, aunque las “leyes de Piñera” –dice- generaron una burocracia que la separa de sus tres hijos.  Llegó cuando “la piel oscura era novedad” y los niños se apilaban para tocarla.  Ha visto el paso de una sociedad racista a otra más tolerante y en la transición tajante señala: “Un extranjero miente si dice que acá no ha llorado”. Aunque sus lágrimas las disimula en medio de una risa generosa que explota a cada rato.  Hoy está empecinada con terminar sus estudios en la  escuela del Centro de Integración del Inmigrante en la Patagonia, Cidip y en sus sueños dibuja una tienda de ropa que la saque definitivamente de las solitarias y bohemias noches australes.

-¿Ycuántas horas en bus son hasta Punta Arenas? –pregunta Matilde Peña, en oraciones alargadas, con dejo de sol tropical que salpican el ritmo de sus palabras-.

Entonces, corría el año 1999 y tenía una figura que era la Fuerza de Gravedad de todas las miradas: “Claro, acá, mi chico, nadie usaba falditas cortas, y un hombre que iba manejando no me despegó la vista de encima y Dios mío chocó con otro coche, yo me fui rapidito asustada”.  Eran sus primeros días en Santiago… al poco tiempo se casó.  Quedó sin trabajo y aceptó una oferta laboral que apareció en el diario… Destino: Punta Arenas.

-No, si te vienes en avión, no te preocupes –dijo la mujer que la entrevistó primero en Santiago y luego le envió los pasajes-.

Para Matilde, Chile ya era un nombre raro y Punta Arenas, un punto que no sabía dónde quedaba.   Pero la mayor sorpresa vino ya en tierra austral: “No era un restaurante, sino que un club nocturno, el Nuevo Ritmo… me hice el ánimo y todo, tenía tres bocas que alimentar, mis tres hijos y mi madre que esperaba sagrada su platita, Diosito  nunca me ha abandonado… En Santiago había frío, acá ya era horrible”, cuenta y pasa de un tema a otro, siempre colocando risas a las penas, porque cada  vez  que  un  caribeño cruza su frontera, carga una pesada maleta de desconfianza y prejuicios, donde poco o nada se dice de su folclore, costumbres y sueños. Matilde cambió voluntariamente el sol tropical por el hielo.

“Fui la primera negra en ir a Porvenir.  Cuando cruce en la barcaza, el capitán muy amable me dio la bienvenida, todo un caballero, me contó que yo era la primera mujer mulata en subir… Y en Porvenir, los niños tenían curiosidad por el color de mi piel”, va sumando anécdotas Peña.

“Habíamos sólo tres mulatas: Brenda, yo y una colombiana.  De las otras sólo sigo yo en Punta Arenas.  Éramos la novedad.  La gente no estaba acostumbrada a ver a negritas.  En la calle muchos ni te miraban, en cambio hoy hay niños y niñas negritas en los colegios, la situación está cambiando, las razas y las culturas se están juntando: ¿Qué va a salir de todo (vuelve a estallar en risas)… Hoy, todo es más normal, puedes conseguir leche de coco, yuca, batata, licor de choclo, plátano verde, y tantas cosas que antes no habían”, asegura y mira a su pareja, Mario CondonnierBuce, quien la acompaña.  Llevan nueve años juntos: “Yo no tengo secretos con él, mi vida es transparente”, advierte y ambos expresan una sonrisa cómplices.

Es ahí cuando sentencia que la noche magallánica tiene harta soledad.  Gente triste, solitaria, soltando sus problemas en el refugio de la oscuridad, y que sólo pierde la vergüenza frente a extraños: “Me contaban muchas cosas, una pasa a ser  una especie de paños de lágrimas, se trabaja como en un confesionario –explota nuevamente en risas y ordena su melena rulienta-… Siento que el chileno, en general, se hace problemas por cosas que no son importantes, no disfrutan lo que tienen… No entiendo cómo gente joven se puede suicidar, qué poco, a veces, se valora la vida, la propia, la de uno.  En mi país hay gente con más problemas y siguen, adelante, con alegría”, aclara.

Al principio, las noches se hacían eternas y se ve a sí misma, apoyada en el bar, esperando al parroquiano, mientras el frío afuera ddominicana 2ibujaba la antítesis de lo que es Río San Juan, el pueblo costero y turístico de Matilde.

“Un día un amigo que siempre iba al local me dice que hagamos un negocio, tú no eres chica para estar acá.  ‘Yo no tengo plata’, le dije… Y me contó que era jubilado de Enap… Y tuvimos dos locales, uno en Mejicana y el otro en José Nogueira… Yo digo las cosas como son, no tengo que ocultar nada”, va pasando de una a otra historia y vuelve a su pueblo:

“En Río San Juan, todos andan en traje de baño y bikini… La gente es solidaria, es un lugar tan pequeño que todos se conocen.  Pero ya me siento chilena, éste ahora es mi país y mucha de mi familia se vino, incluso mis hijos estudiaron acá, en el colegio, hoy quieren volver, pero con Piñera se puso todo más burocrático y les piden Visa y cuenta bancaria a cada uno, imagínate, con Bachelet no estaba ese problema, ella le puso la banda a nuestro Presidente, uno debiera vivir donde quiere, las fronteras dividen tanto”, explica.

Llegó cuando “la piel oscura era novedad” y los niños se apilaban para tocarla.  Ha visto el paso de una sociedad racista a otra más tolerante y en la transición tajante señala: “Un extranjero miente si dice que acá no ha llorado”. Aunque sus lágrimas las disimula en medio de una risa generosa que explota a cada rato.  Hoy está empecinada con terminar sus estudios en la escuela del Centro de Integración del Inmigrante en la Patagonia, Cidip. “Estoy contenta por la oportunidad, aprendemos y quiero en el futuro casarme con mi pareja”, apunta orgullosa.  Mientras  en sus sueños dibuja una tienda de ropa que la saque definitivamente de las solitarias y bohemias noches australes.

 

 

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