El viejo comunista que seguía las estrellas

El viejo comunista que seguía las estrellas

El viejo comunista que seguía las estrellas

A Pedro González, Francisco Coloane lo llamó “obrero científico”, y el escritor regional Carlos Vega Delgado “El Astromono”.

Su historia apareció de repente entre papeles y artículos viejos, a propósito de un suplemento sobre el cosmos, que escribí años atrás. La historia que conté entonces salió a medio terminar, porque editor y director del medio que trabajaba decidieron suprimir su beca en Dawson, Pudeto y el centro de tortura mal llamado: Palacio de la Risa, aduciendo que nada tenía que ver con estrellas, astros y planetas.

Hoy a Pedro González lo recuerdo explicando, como un profesor bonachón, el encantamiento de los cielos.

Pequeñito, nunca enjuto, con una enorme risa que casi mordía sus orejas y que apenas mostraba los dientes y la rabia. La infinita presencia de los astros imprimió una coraza en su temple que nunca pudo ser doblegada por las cientos de torturas que recibió en el Palacio de la Risa, Isla Dawson, y otros cuarteles.

En días duros a sus compañeros detenidos los animó con relatos notables de quásar, galaxias lejanas y supernovas, así en algo todos olvidaban el dolor terrenal de la tortura; y otros, de uniforme, descuidaban un rato la tarea de ser los torturadores.

El periodista Carlos Vega Delgado lo retrata en el «Astromono», historia notable de dignidad, entereza y decencia ante lo aberrante.

La retina pública tiene de seguro grabado el acto generoso de repartir patines a todos los que llegaban a deslizarse los días fríos sobre la laguna del Parque María Behety. Pero estoy seguro que habría estado en la marcha de los estudiantes, y en las movilizaciones de octubre, gritando con fuerza las consignas que quieren terminar con la constitución impuiesta por Pinochet.

En días duros a sus compañeros detenidos los animó con relatos notables de quásar, galaxias lejanas y supernovas, así en algo todos olvidaban el dolor terrenal de la tortura; y otros, de uniforme, descuidaban un rato la tarea de ser los torturadores. El periodista Carlos Vega Delgado lo retrata en el Astromono, historia notable de dignidad, entereza y decencia ante lo aberrante. La retina pública tiene de seguro grabado el acto generoso de repartir patines a todos los que llegaban a deslizarse los días fríos sobre la laguna del Parque María Behety. Ya lleva varios años afuera.

En Puerto Cristal, entre 1949 y 1952, González, seguía a la estrella más brillante, antes y después de ponerse el Sol. Las hostigaba con pequeños telescopios. Era Venus, y la apuntaba, mientras le decía a la gente “miren como hay estrellas de día, yo todavía no sabía que era un planeta, pero claro que las hay. ¿Por qué dónde cree usted que están las estrellas cuando desaparece el Sol?”, preguntaba.

En 1952, en Punta Arenas se consiguió un telescopio de esos con bronce de cuero, entró a ENAP. Ocho años después, ayudó a conformar un grupo de astronomía en Cerro Sombrero y le dio vida a un observatorio.

Ahí tenía libros, repasaba apuntes, aprendió solo a ser astrónomo. Fue un obrero autodidacta, soñador, amante de la conversación infinita. Entre las visitas ilustres que recibió estuvo el ex Presidente Salvador Allende, Francisco Coloane, y Juvencio Valle.

“Después de mostrarle el observatorio –refiriéndose a Coloane-, nos quedamos conversando, como yo era un militante reciente del Partido Comunista, le pregunté: qué tiene que ser uno para ser un buen militante; me dijo: ‘lo primero, si eres niño, un buen hijo, un buen hermano, en todas las cosas que estés, tienes que ser el mejor’.

«Cada día me esfuerzo por cumplir el consejo con ética y honestidad, esa noche nos amanecimos conversando acerca de las estrellas”, dijo. Y aunque ahora digan que Pedro, el Gato, no está, que la muerte se lo llevó, su bandera de lucha sigue flameando con dignidad en la calle, junto a los oprimidos de siempre, como si se tratara de una luminosa estrella que hoy él mismo observa desde otros planetas.

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RÉQUIEM A PEDRO

MENCIÓN HONROSA

El hombre todos los días burlaba el horror observando las estrellas, hostigando galaxias y quásares con pequeños telescopios o solo de memoria. Esas miradas al infinito imprimieron una coraza en su temple que le ayudó a olvidar los dolores terrenales. Aunque estuvo dos años en Isla Dawson, solo pudo escapar del lugar definitivamente el día de su muerte.

Cristián Morales Contreras, 49 años
Punta Arenas

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