polìtica de conveniencia

El síndrome del león viejo

La ruta a contraer la enfermedad es casi siempre la misma, sólo basta haber sentido el sabor del poder alguna vez. Siempre tienen alguien que le dice que son inteligentes, cultos, instruidos, ingeniosos, ocurrentes, alegres. bellos y predestinados a mandar. Lo peor es que se lo creen.

Poder por el poder

La obscena realidad por el poder, cada cierto tiempo los congrega. Llegan de a uno o apatotados. Se piensan imprescindibles, choros, hablan y sienten por la gente. Las saben todas y aseguran que son la única carta disponible para ganar una elección, con cálculos, cifras y diagnósticos hechos a la medida.
Cada época a lo largo de la historia aporta los suyos. Se trata del síndrome del león viejo, una de las enfermedades más comunes en las frágiles democracias Latinoamericanas.
Los viejos leones desean volver o mantenerse en el poder como si les perteneciera para siempre. Están listos para la nueva caza, pero no tienen los reflejos de antes y ya casi sin dentadura no pueden alimentar o sostener unida a la manada.  Pero están cómodos en un espacio que sienten les pertenece para siempre sin dar posibilidad al recambio.
La melena se les cae y los gruñidos potentes de antaño, hoy no son más que un eslogan egoísta y agrio de la falta de liderazgo para preparar la generación de los nuevos leones. No tienen autocrítica. No dan oportunidad.
En la antigüedad, reyes y emperadores echaron mano a la treta del derecho divino para gobernar. Así hijos, nietos y descendientes tocados por la verdad de Dios aseguraron su espacio en el poder.
Están los que piensan que solo ellos pueden mandar y procurar el bien común a costa de cualquier medio. Hitler, Napoleón, Pinochet, Bush y tantos próceres de la infamia son un claro ejemplo.
Los síntomas del síndrome del león viejo son elocuentes y comunes a todos los pacientes: exagerada confianza en sí mismos; desprecio a los consejos; perdida y alejamiento de toda realidad; complejos de persecución; asiduos al rumor y al de historias y complots.
Dicen orgullosos pertenecer a la clase política, una especie de casta que se adquiere por herencia, apellido, lucas o amor enfermizo al poder.
Se sienten condenados a no equivocarse, incluso en el error mismo defienden que están en lo correcto, si no pregúnteles a varios que todavía bostezan poder en Magallanes.
La ruta a contraer la enfermedad es casi siempre la misma, sólo basta haber sentido el sabor del poder alguna vez. Siempre tienen alguien que le dice que son inteligentes; cultos; instruidos; ingeniosos; ocurrentes; alegres; bellos y predestinados a mandar. Lo peor es que se lo creen.
En estos días, el viejo león te guiñe el ojo, palmotea la espalda, y te saluda con un apretón de manos calculador.
El síndrome está a la vista y se pega fácil, de ahí que sea transversal a las generaciones. Lo cierto es que la manada está atenta, en las calles y ya no se compra el viejo y oxidado cuento de los imprescindibles de siempre.

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