No fueron todos, quizás los más. Pero en los ochenta, algunos pagamos el costo por la ausencia de papel higiénico. Fueron años de minuciosa dignidad: amasar el papel de diario hasta cansarlo, en un acto ingenioso que afloró en medio de una de las crisis económicas más brutales de las últimas décadas.
Arrugar infinitas veces las noticias, con la secreta esperanza de exprimir un suspiro de suavidad en esa fricción tan necesaria, previa a la cadena o balde de agua.
Día a día repetíamos la tragedia.
Algunos lo hacían ahí mismo, en el trono, segundos antes de que la fuerza de gravedad estrujara el intestino.
Los infaltables precavidos -ordenados siempre-, realizaban cortes simétricos a la hoja de diario y lo colgaban de un gancho frente al lector. Primero leías y después te limpiabas. Así, las fuentes de soda más refinadas reivindicaron la decencia.
En ese velorio natural, la noticia vieja cobraba cierto frescor.
Lujo impensado encontrar un periódico del día. Llegar al último suspiro, a la lectura final e irse al tacho de basura o directo a la a alcantarilla consideraba el destino natural de la hoja de diario. Un viaje que nacía en el reporteo –sin entrar en los detalles de la autocensura y censura oficial-; de ahí seguía a la imprenta hasta conformar su propia cadena trófica natural, como envoltura de huevos, pollo, trozo de pescado u otro comestibles que ofrecía el viejo boliche.
La necesidad ganaba a la audiencia, al people meter y el baño a esa altura era el mejor canal de comunicación que podía tener el discurso dominante, en el que muy pocas veces se filtraba una revista Hoy, Análisis, o Cauce.
El ingenio vuelve a aflorar más de veinte años después. Y la crisis nos pilla asistiendo en el parco de una sociedad más consumista, donde las necesidades parecen infinitas.
¿Cuál es el ahorro de hoy? Cable, celular, tarjetas de crédito, papel higiénico. No me atrevo a adelantar nada.
Sin embargo, existe una austeridad perversa a ahorrar ideas, a no decir nada. La economía en el pensamiento –que me lleva a mí a escribir estas tonteras- queda fielmente ilustrada en las campañas políticas. Asistimos, no eligiéndolo, a la lógica de convencer sin proponer ni debatir. La fe ciega a la repetición todo lo puede y los medios, salvo honrosas excepciones, siguen al pie de la letra el libreto. A toda hora se dice eso: nada.
En los Ochenta, un gran porcentaje de los chilenos tenía pegado letras impresas borrosas en su trasero. Pequeños titulares corridos por el deslave o roce con las prendas interiores. Nadie se daba cuenta del difuso tatuaje inscrito en tinta negra. Incluso la mano cariñosa de los amantes en el tránsito de la curva pasaba por alto el detalle.
En la actualidad el trasero subió a la cabeza. Desde ahí gobierna las campañas políticas y a ratos le amanece la nostalgia por el histórico rol de la hoja de diario.

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