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Por Víctor Vargas, director regional de INDAP

A inicios de los noventa popular era la frase: “trae fruta del norte” a todos quienes viajaban, casi un sello que nos distinguía como región, pero que en el fondo reflejaba las precarias condiciones de la agricultura y la poca oferta de productos de buena calidad que llegaban a la zona.
Por entonces, más del 95% de la demanda se lograba satisfacer medianamente con productos hortofrutícola provenientes de otras regiones. La línea de la dependencia era total y las producciones locales tenían fines principalmente familiares.
Por eso, el consumo de verduras no era abundante y nos conformábamos con lo que había. Y quienes podían acceder a una dieta en base a fruta y hortalizas pagaban precios de oro por productos de mala calidad.
Quizás ahí está en parte la explicación del poco hábito a las ensaladas. Somos la única parte de Chile, donde se planifica un asado sin pensar en la ensalada, afortunadamente eso está cambiando…
Y está cambiando no por las grandes empresas ni tampoco gracias a los consorcios, sino que por los más vulnerables: los pequeños agricultores, integrado en la zona principalmente por mujeres que se dedican con esfuerzo a la tierra. Ellas y sus familias campesinas han dignificado a la agricultura, transformando el sector en un negocio con insospechado potencial.
Si bien, aún existe una fuerte importación hortofrutícola y estamos lejos de satisfacer la demanda local, también es cierto que hoy los pequeños agricultores, con apoyo de INDAP y el Gobierno de Chile han logrado avanzar, diversificar la producción y desarrollar sabores inocuos, sanos que distinguen a la Patagonia y sus productos.
Por eso, llama la atención el poco interés de nuevos emprendimientos, de sumar fuerzas y hacer crecer un negocio rentable y exitoso en el mediano y largo plazo. Hoy contamos con herramientas para apoyar y estamos trabajando en un convenio que de concretarse permitiría un salto cualitativo nunca visto en la zona. Todos desde nuestras posibilidades podemos apoyar la agricultura. Las autoridades desde su conciencia social, los consumidores optando por lo sano y natural de la Patagonia y los emprendedores abriendo nuevas rutas…
Es tiempo de respirar nuevos aires, despegar definitivamente y volver a creer en la tierra y sus potencialidades… labrar, y producir con toda la tecnología a disposición y pensando siempre con cara de innovación, atendiendo a la sustentabilidad y conservación del territorio. Debemos valorar la tierra para alcanzar la equidad alimentaria, por eso en un planeta que muere, las mejores tierras deben ser para conservar las especies.
En la actualidad en Magallanes se produce acelga, ají verde, betarraga, broccoli, ciboulette, rabanitos, tomate, zapallo italiano, pimiento, escarola… y tantos otros nombres que eran impensados en el pasado.
Hagamos de la agricultura una tarea de todos, sólo así quizás no esté lejano el día en que nos digan insistentemente, cada vez que viajemos al norte: “hey, no olvides traer verduras de Magallanes…”.