Sabor a naufragio

Sabor a naufragio
El viento tira las ideas, las aplasta; luego viene la nieve hasta llegar a la lluvia que moja todo; un silencio da una breve tregua; más tarde una brisa estival te repite en su silbido persistente que estás solo, solo, solo debajo de un cielo inmenso y cae de golpe esa conciencia necesaria de verse en la chucha, en ese lugar indeseable, irritable, inversamente surrealista. La chucha: una comarca donde a la larga mandan a locos, cuerdos, sanos, brutos, rebeldes, a los con y sin Dicom, a los obedientes, ortodoxos, flojos, calientes, alegres, fomes, milicos, a todos, absolutamente, incluso llegan los que fueron jefes y altos ejecutivos con cara de no estoy aquí. En fin, así, queriendo y no, transitamos al destino prometido durante toda la vida, a ese que alguien siempre te manda. A los estudiantes de antes y a los de ahora, les dijeron de manera elegante “ándate a la chucha”; a otros, trabajadores, les informaron con descortesía, brutalidad. A la chucha, a lo lejos de, más allá de donde termina todo, a esa ruta que se presenta infinita, sinuosa, circular como el juego de un perro que intenta alcanzar su propia cola. Y sigues caminando con las manos en los bolsillos, por la vereda individualista de los mástiles sin bandera. Todos están: nadie se ve, ninguno acontece. La mirada no encuentra otra mirada, no advierte la piedra ni repasa el aguante de los árboles gastados. Un poco de sal en los labios deja el Estrecho, y el sabor a naufragio en medio de la calle Bories parece un espejo que refleja los trozos azogados de la cesantía. Había sido anunciada. Pero está el mito que en la chucha no pasa nada, pocos se quedan, a muchos los mandan, así es no más. Las cuarenta y cinco horas de trabajo a la semana nunca alcanzaron. Siempre hubo que restar tiempo a la familia, a un buen libro, a un simple vagabundeo de ocio. Siempre lo importante te quitó lo imprescindible, lo perenne, lo indispensable: la vida. El trabajo fue lo sagrado. Y hoy en santa eucaristía, los demonios te echan, te mandan a la chucha, chucha, chucha, chucha… y el eco queda dando vueltas, girando en la órbita de la memoria, en la callada complicidad que deja la cesantía, porque a la vuelta de la chucha sólo está el recuerdo de lo mismo y uno que otro pobre diablo que mira de reojo la procesión.

por C.M.C.

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