“No te quedes inmóvil”

“No te quedes inmóvil”
Releer La Tregua es acordarse de Mario Benedetti, un nombre inscrito en la inmortalidad. Fue taquígrafo, vendedor, cajero, contable, traductor, librero, funcionario y periodista. Cargado de una inmensa ternura, nunca encerró en una torre de vanidad su genialidad. Muy por el contrario, la hizo amistosa, cercana y cotidiana. Su voz imprescindible bombea las venas de la humanidad con un aliento de esperanza. Benedetti, se atrevió con el cuento, la novela, el ensayo, el teatro y la crítica, al punto que enriqueció todos los géneros literarios en una claridad que humilla la penumbra. Lo hizo de una manera tan simple y directa que miles de lectores lo convirtieron en su “cómplice”. Perseguido y acosado, vivió un largo y provocativo exilio por su resistencia a la “niebla de generales” -como dijo Borges- que pobló Latinoamérica. En ese ir y venir creó una traviesa ironía de versos que burlan las injusticias y siembran compromiso. Es un poeta que dice a su compañera: “tus manos son mi caricia/ mis acordes cotidianos/ te quiero porque tus manos trabajan por la justicia/ si te quiero es porque eres mi amor mi cómplice y todo/ y en la calle codo a codo somos mucho más que dos”. Era poesía de la calle, corrosiva, coloquial, cuando Benedetti advertía: “No te quedes inmóvil/ al borde del camino/ no congeles el júbilo/ no quieras con desgana/ no te salves ahora/ ni nunca/ no te salves/ no te llenes de calma/ no reserves del mundo/sólo un rincón tranquilo/ no dejes caer los párpados/ pesados como juicios/no te quedes sin labios/ no te duermas sin sueño/ no te pienses sin sangre/ no te juzgues sin tiempo/ pero si/ pese a todo/ no puedes evitarlo/ y congelas el júbilo/ y quieres con desgana/ y te salvas ahora/ y te llenas de calma/ y reservas del mundo/ sólo un rincón tranquilo/ y dejas caer los párpados/ pesados como juicios/ y te secas sin labios/ y te duermes sin sueño/y te piensas sin sangre/ y te juzga sin tiempo/ y te quedas inmóvil/al borde del camino/ y te salvas/ entonces no te quedes conmigo”. El 17 de mayo de 2009, día de su muerte, el mundo entero sintió el golpe y por un segundo todas las lenguas desbarataron la confusión apocalíptica de la Torre de Babel, entonando sus versos en un solo ritmo, en un gran anhelo. Desde la Patagonia, gracias Benedetti. Nació un 14 de septiembre de 1920 en Paso de los Toros, Uruguay y morirá -como diría Jorge Teillier-, el día que el último parroquiano lea su obra.

Por C.M.C.

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