Verónica Arbeláez le ganó al frío

Verónica Arbeláez quiere –como muchos de sus compatriotas- expresar sus costumbres, ponerle candela a la región y demostrar que más allá de cualquier estigma es una persona trabajadora y esforzada que busca ganarle al destino con alegría y cambiar la esquiva suerte, tal cual lo hicieron, en el pasado, los pioneros que beneficiaron a Magallanes.

Alguien le contó a su prima, ella le dijo a su mamá, a otro primo y poco a poco comenzaron a llegar en familia, algunos con la tristeza en la valija; la mayoría con la esperanza de triunfar en un lugar sobre el cual no tenían ninguna referencia.

Al traspasar la puerta del aeropuerto Carlos Ibáñez del Campo, un viento helado y gélido le avisó a Verónica Arbaláez Sánchez (31) que ya estaba en Punta Arenas.  No había vuelta atrás.  Quedó paralizada, primero.  Luego, la escena le dio risa. Ríe siempre, cuando está triste, nerviosa, cuando las cosas no resultan. Porque para ella –proclama- el mejor pasaporte para vivir es la alegría.  

“Nunca había sentido tanto frío ni siquiera imaginaba cómo era, casi me devuelvo”, dice con una sonrisa gigante, con ritmo, como si las palabras danzaran al momento de formar las oraciones. 

“Soy de Cali Valle”, señala orgullosa y su risa, nuevamente su risa de radiantes dientes blancos, queda flotando en aire del salón de peluquería y manicure, ubicado en calle Magallanes, frente a un supermercado.

Llegó de Cali, “la sucursal del cielo y la salsa”, a poner ritmo al estrés 

La tranquilidad de Punta Arenas terminó por seducirla,

Arregla manos y pies, para hombres y mujeres, una oferta que crece en la zona y que según Verónica Arbaláez relaja y gratifica, sobre todo en esas partes del cuerpo que generalmente descuidamos.

Cuenta que en su ciudad tenía un pequeño salón de uñas. Y aunque –asegura- no le iba mal, la tranquilidad de Punta Arenas terminó por seducirla, al año siguiente trajo a sus dos hijos que hoy estudian en colegios de la ciudad. 

“Me vine a arreglar uñas, manos, pies y me ha ido bien, confío en mi arte y la gente lo valora. Las mujeres agradecen la llegada, antes no había tanta oferta. Incluso hay hombres que se arreglan también las manos, son los menos, pero con el tiempo pienso que la preocupación va a ir creciendo. Hay que darse un gusto y cuidar su cuerpo, no todo puede ser trabajo. Las manos son la primera imagen de una persona y hay que atenderlas”, recomienda.

En un rincón de la peluquería instala una pequeña mesa, un espejo y una almohada para que las clientas pongan las manos.  Y desde un mueble con cajoneras verticales va sacando un arsenal de pinturas, limas, corta uñas, algodones y cremas para todo tipo de piel.  “Este es mi lugar de trabajo. Estoy contenta porque hago lo que me gusta y la gente valora mi arte”, reflexiona.

En Punta Arenas, en tanto, aprendió técnicas de peinado, lavado de pelo y otros menesteres necesarios en el salón. “Siempre hay que perfeccionarse, la dueña (una brasileña) de la peluquería, generosamente me preparó y hoy tengo más conocimientos”, precisa.

Atrás quedó la ciudad del verano eterno, con olor a rumba y destellos de alegría, un territorio que da al Pacífico y que a puro baile se ganó el título de “sucursal del cielo y la salsa”. Cali, una ciudad con 483 años de vida y que por primera vez en su historia, este año, es elegida destino cultural de Sudamérica por World Travel Award, la misma organización que ha destacado varias veces a Las Torres del Paine y el desierto de Atacama.

Y así como la ciudad de Cali se autodenomina la capital mundial de la salsa por sus más de 200 escuelas de baile inscritas, Verónica Arbaláez declara que en su tierra todos son bailarines y que ella no es la excepción. 

“Nosotros tenemos una riqueza cultural que me interesa mostrar y que la gente de Punta Arenas conozca. Gracias a la seremi de Cultura realizo clases de cumbia gratis. La idea es aportar con alegría, ritmo y ganas de salir de adelante. Todo caleño rico o pobre tiene la música en la sangre, así que ya sabe, está invitado”, sugiere. 

Ahora insiste y estalla de nuevo en otra versión de risa: “Las clases son en el liceo Sara Braun, todos los lunes a las 19 horas. Hay interés, pero faltan más hombres, las clases se llaman ‘Cumbiando en Magallanes’, avise, ayúdenos con la promoción, la van a pasar bien”, sentencia.

La primera vez que bailó en público fue hace tres años en el Carnaval del Invierno, con la agrupación “Colombianos unidos en la Patagonia”. Desde entonces los empezaron a invitar a mostrar su baile, folclor y gastronomía a distintos lugares de Magallanes. 

“Siempre vamos a donde nos inviten. Hemos estado en la Isla de Tierra del Fuego, en Villa Tehuelche, en colegios. Lo que más piden es la ‘Pollera Colorá –considerada una de las canciones más emblemáticas de Colombia- y vamos con nuestros trajes típicos. Es muy lindo. También hemos participado en muestras gastronómicas”, valora. Siempre invitada por instituciones de Gobierno u organizaciones sin fines de lucro.

  ¿Te han discriminado en Magallanes?

La pregunta queda flotando. No es fácil. Cada vez que un caribeño cruza su frontera, carga una pesada maleta de desconfianza y prejuicios. La prensa mundial tiene miles de kilómetros de páginas escritas con tiros, muertes, guerrilla… pero ahí poco o nada se dice de su folclor, costumbres, sueños. De la cultura que suma riqueza al que lugar que llega. Y del aporte y el esfuerzo del inmigrante.

“Una sola vez me trataron mal, aunque conozco varios casos de compatriotas que no lo han pasado bien, a veces por prejuicio, por desconocimiento, no sé. Un peluquero con el que trabajé me dijo muchas cosas feas y de eso prefiero no hablar. Pero una abogada (Maritza) muy buena y linda de corazón me orientó y salió todo bien para mí. Pero en general la gente ha sido amable, cariñosa”, asegura.

Queda en silencio y deja de reír por un rato.  Parece que se va a enojar, pero a los segundos desenfunda una sonrisa reconfortante: “Hay muchas personas que valoro y agradezco como la Nany que es como mi abuela, nos recibió en su casa, ella nos arrendaba un cuarto en su hostal, y se preocupaba mucho. Me hizo sentir parte de su familia… su esposo, hijas, nietas, todas muy buenas personas.  Los amo, los adoro, aunque he sido ingrata y no las he visitado este último tiempo”, explica y las risas vuelven a la normalidad.

Las comidas también dan nostalgia.  Y pese a que el plátano verde, la harina de maíz y otros productos del Caribe ya ocupan las vitrinas del comercio, “aún falta el pan bono o los mangos, porque los que llegan son diferentes, les falta sabor”, reclama entre risas.

Y la protesta es justificaba por los magallánicos que han visitado o conocen la historia de Cali, porque ahí existe una cultura culinaria antigua, única y que la ubica en la cima de los platos coloridos de Colombia.

Dulces de melaza (lo más azucarado de la caña), pudines de arroz o de coco, sopas variadas de plátano y carne son algunas de las delicias desarrolladas en Cali que Verónica extraña, pero que no pesan tanto como la tranquilidad y la buenaventura que hoy vive en Magallanes.

Desde que llegó se ha transformado en una embajadora de la cultura de Cali, Colombia, apoyada por la seremi de Cultura y otras organizaciones.