Esos diez clientes que creyeron en mí todavía los tengo, y hay 17 más y otras empresas grandes que se han sumado.  En total vendemos más de 500 kilos de pan al día, contando la segunda filial de ‘La Sucursal del Cielo’ que tenemos en el centro de la ciudad de Punta Arenas.

Diego Carabalí

Diego Carabalí Naranjo durante tres años trabajó en el frigorífico, en la construcción, lavando autos y loza, hasta que un día -por casualidad- llegó de ayudante a una panadería.  Ahí aprendió el oficio y acumuló experiencia en otras cuatro.  Hoy tiene dos innovadores negocios y a 20 personas contratadas.  El último -inaugurado hace poco más de un mes en pleno centro de Punta Arenas- es exactamente igual al que soñó el día que murió su abuelo, en Cali.

-Señor, no se la puedo entregar, tiene que venir a retirar la camioneta el dueño –le explicó la señorita de la automotora al joven moreno de jeans y polera que tenía al frente.

Diego Carabalí Naranjo, 27 años, sacó unos papeles, se los mostró y le dijo: “Yo soy el dueño”. 

La historia la cuenta sin rabia, pausado, incluso justificando a la vendedora. Más tarde, cuando retiró el segundo vehículo, también para transportar pan, le ocurrió lo mismo.

El próximo 13 de octubre cumple seis años en Punta Arenas, tiene dos negocios y veinte personas contratadas. Hoy la historia suena sencilla. Pero para entenderla hay que rebobinar el tiempo hacia atrás, sumergirse a la nostalgia de Cali y flotar bajo el encantamiento del realismo mágico, ese con el que el colombiano García Márquez, premio Nobel de Literatura, hizo volar hasta perder en el cielo a Remedios la Bella y que a fuerza de palabras prendió a todo el mundo con los cien años de soledad de Macondo. 

A este lado del mundo, Diego Carabalí, coterráneo del periodista, le puso materialidad a la imaginación, y forjó así su propio milagro, junto a su esposa chilena, Ana Belén Castillo. 

“Los tres primeros años trabajé en todo lo que podía. La construcción, lavé loza, en la empresa de la lana… y donde más ganaba era en el frigorífico. Ahorré todo. No tenía tiempo ni de salir. Muchas veces fui enfermo a trabajar, no podía fallar. Yo quería volver a Colombia”, recuerda.  En esa época vivía en la población Aves Australes, y en sus tránsitos, más de una vez se topó con Samuel Castro Henríquez, dueño de la panadería Nacimiento.

“El hombre me ofreció varias veces trabajo, pero yo estaba siempre ocupado y pensaba que no era mucho lo que se podía ganar ahí. Pero un día, cuando acepté…  me cambió la vida”, lo dice emocionado.  Y continúa su relato: “Me enamoré de la ciencia de hacer pan.  Me equivoqué muchas veces y don Samuel siempre me apoyó.  Es una excelente persona y gran parte de lo que tengo hoy se lo debo a sus enseñanzas”, va narrando, mientras la mirada se pierde en el pasado, en las noches, en el aprendizaje de hacer “marraqueta” o “pan batido”.  Lejos lo más difícil, hay que saber preparar la masa para que no pierda consistencia y dejarla lista en la noche.

Más tarde siguió su periplo por otras cuatro panaderías y pastelerías.  “Estuve en las mejores.  De una aprendí el sistema de trabajo y turnos, en otra cómo hacer la mejor masa del pan, hay una que tiene las más ricas empanadas, la masa de pizza más sabrosa… Me llevé lo mejor de cada una.  Conocí a mi mujer, Ana Belén Castillo, ella es de Puerto Williams y ahí me di cuenta que tenía que aspirar a más y que Colombia ya era pasado”, mantiene pausas mientras cuenta su historia como si la viera pasar frente a sus ojos.

Entonces compró un horno industrial, herramientas y veinte latas. Empezó en el sector de Villa Las Nieves. Le fue mal y tuvo que cerrar.  Decidió guardar en una pieza las máquinas y trabajar en otra cosa hasta que soñó su primera panadería.  Fue el mismo día que murió su abuela octogenaria.  La somnolencia lo trasladó, por un rato, del frío de Punta Arenas a una noche tibia cualquiera del Caribe, con la ropa agazapada al cuerpo y la gente enfilando a la rumba.  Ahí la abuela lo retaba y le increpaba que tenía su horno guardado, sin ocuparlo.  Despertó angustiado, con esa imagen en la cabeza y esa misma mañana partió a buscar una casa grande para arrendar.  La encontró en Mateo y Toro Zambrano 2104, en el corazón del barrio 18 de Septiembre.  A su esposa le gustó. Estaba todo decidido pero le faltaba el dinero.

Ya había gastado los ahorros en el horno y las bandejas… así que le pidió prestado a su hermano Daniel que estaba en Puerto Williams, trabajando en una panadería y otro familiar le ayudó para el mes de garantía. La dueña le dio las facilidades para que el primer mes corriera al momento de tener todos los permisos al día.  Se demoró veinte días.

“Me quedaba un saco de harina y lo hice en pan.  Lo llevé a diez negocios de barrio, me lo compraron todo, y me pidieron para el día siguiente”, dice orgulloso.  Esa noche se amaneció: tenía que hacer masa, esperar los tiempos de cocción, envasarlo y repartirlo. Así nació la primera panadería ‘La Sucursal del Cielo’.

“Esos diez clientes que creyeron en mí todavía los tengo, y hay 17 más y otras empresas grandes que se han sumado.  En total vendemos más de 500 kilos de pan al día, contando la segunda filial de ‘La Sucursal del Cielo’ que tenemos en el centro”, explica.

Inaugurada hace poco más de un mes, también fue un sueño. Cuando su abuelo estaba grave viajó a Cali, a despedirse. Llegó un martes y murió un jueves.  “Esa noche vi una pastelería gigante, con vidrios y vitrinas por todos lados. Era muy elegante. Estaba en eso cuando me despiertan los gritos de mi mamá… el abuelo había partido y nos fuimos al hospital. Él, conoció la primera panadería, lo había invitado dos veces y estaba muy orgulloso, hablaba mucho de mí y mi hermano Daniel en sus últimos días”, asegura.  Al regreso salió, junto a su esposa a buscar su sueño.  Y lo encontró en calle Fagnano con Nogueira.

–          ¿Y extraña Colombia?

–          “Siempre se extraña. Por eso ahora vendemos productos que mis compatriotas añoran y hacemos pan colombiano, con ingredientes que traemos de allá. Pero cuando viajo quiero volver a Punta Arenas. Acá nació mi hija Antonella, 2 años, y hay una tranquilidad que cuando la cuento en Cali no me creen. Uno puede dejar las llaves puestas en el auto y no pasa nada. La gente es muy buena y honesta y eso no tiene precio y hay que cuidarlo”.