La experiencia de compartir con una familia quechua en el Lago Titicaca

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La experiencia de compartir con una familia quechua en el Lago Titicaca

La experiencia de compartir con una familia quechua en el Lago Titicaca

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La familia Juli Mamani, es una de las tantas que abrió su intimidad al turismo sin lujos. La vivencia a nadie deja indiferente y hace olvidar, al menos por un rato, la existencia consumista que llevan los visitantes de todo el mundo que llegan hasta la Isla Amantaní, ubicada a tres horas y media en lancha de Puno, Perú. La historia transcurre a 4.200 metros sobre el nivel del mar, en medio de un territorio de pasos torpes, donde las ideas giran en cámara lenta y la memoria cobra una frescura inusitada a medida que las raíces altiplánicas empiezan a despertar.

Al poco rato el olfato se acostumbra al olor a humo de la kolle -árbol usado también para cubrir el techo de las casas- y la breve luz de las llamas que salen del pequeño horno a leña rompe en algo la penumbra de la habitación hecha de adobe. La pequeña mesa, cubierta con un mantel celosamente tejido con iconografía pre inca, da apenas cabida a los platos de los únicos dos turistas alojados, y aunque estos intentan que todos acerquen los suyos, la abuela Benedicta Yanarico sostiene el utensilio de greda con la sopa de quínoa entre las piernas, al igual que su nieta Jocelyn de cinco años y los otros integrantes de la familia Juli Mamani. “Quiero ser doctora” –dice la pequeña Jocelyn y el silencio queda hecho trizas por las risas. Todos ríen, su madre Elízabeth Mamani, el padre Isaias Juli Yanarico; el tío Walter Juni; la tía Filomena Juni; el abuelo Lucas Juli y la abuela que abraza a la niña, mientras suelta algunas frases en quechua y casi al mismo tiempo tapa traviesa su propia boca, como si fuera una chica a la que pueden reprender. Nadie conoce con certeza su edad, ella sólo sabe que nació en la Isla Amantaní y nunca ha ido más lejos que a Puno, es decir a 38 kilómetros de distancia, tres horas y media de navegación surcando el lago Titicaca en una lancha a motor. “
¿Qué tiene de malo, por qué no puede ser médico?”, pregunta con dulzura Vania, la turista magallánica. Nuevamente el silencio.
A lo lejos el burro rebuzna y marca la hora de acostarse. Son pasadas las 20 horas y la familia que comienza el día a las 4:30 de la mañana comienza a dar sus primeros bostezos. “Nosotros vivimos de la agricultura y vendemos artesanía, pero no alcanza”, rompe el mutismo Lucas Juli Calsín, cambiando sin aviso del español al quechua y viceversa. Ya pasó los setenta años, pero la piel cobriza y la mirada achinada le dan un manto de paz que cubre también su edad. Ese día, junto a sus hijos y otros treinta vecinos, ayudó a construir la casa de adobe de uno de los integrantes de su comunidad denominada Occosuyo que hace poco había contraído matrimonio. En la minga que dura de cinco a seis días, los beneficiados agradecen generalmente con un almuerzo comunitario.
Isaias Juli Yanarico, el padre de Jocelyn, agrega que sólo logran terminar con suerte la preparatoria y pensar en estudiar una carrera universitaria es algo tan lejano como las estrellas o la luna. En la isla existen tres escuelas primarias, y un colegio de secundaria. No hay autos y si bien el alumbrado público llegó al pueblo a inicios de los años noventa, no pueden utilizarlo porque es demasiado caro el combustible para el generador, “una de las tantas cosas que están y no sirven en el pueblo”, dice. Otras son: la comisaría, nadie roba y no hay policía; un centro comunitario para vender artesanía, la mayoría de las familias realiza sus ventas camino a Pachatata, centro ceremonial que obligadamente visitan los turistas.
La electricidad que tienen algunas casas depende de pequeñas placas solares. Mientras el agua sale de un pozo. Son varios kilómetros que las mujeres recorren a pasos cortos y rápidos por la empinada isla, cargando en la espalda bidones envueltos en resistentes mantas, llegan a hacer hasta cuatro viajes al día. “El único que se preocupó por nosotros fue Fujimori”, retoma la conversación el abuelo. “Toda la gente de aquí habla muy bien de Fujimori porque fue quien nos dio educación, sanidad y servicios públicos a las poblaciones. Es el único Presidente en toda la historia que ha venido hasta acá. Nosotros nos acordamos por lo que hizo por nosotros, no de lo que dicen que robó”, defiende Walter Juni. Al rato retira los platos de sopa y sirve queso frito con papas y arroz.

El principio de la travesía
En el puerto de la Isla Amantaní están esperando doce mujeres. Visten blusa blanca, bordada con infinidad de colores en puños y en torno a los botones frontales. Todas usan falda negra, ceñida a un cinturón y un manto de igual color que les protege la cabeza del sol. En cambio, Hipólito, el presidente de la comunidad Occosuyo, luce camisa blanca almidonada, recubierta por un chaleco corto negro y un sobrero de ala ancha.
El guía universitario, Percy Flores, explica que la larga faja bordada que llevan los hombres describe en forma simbólica los eventos que han marcado la vida con su pareja. Mientras que el chullo o gorro finamente tejido, permite diferenciar los hombres casados de los solteros.
En la isla viven cerca de cuatro mil campesinos, organizados en ocho comunidades: Santa Rosa, Lampayuni, Sancayuni, Alto Sancayuni, Occosuyo, Incatiana, Colquecachi y Villa Orinojón.
Hoy, además de la agricultura y la artesanía, desarrollan un turismo que llaman vivencial, de intercambio cultural, sin lujo y que a nadie deja indiferente. Todos tienen sus casas preparadas para prestar servicios de hospedaje y alimentación a los turistas y esto les da la oportunidad de tener un pequeño ingreso económico extra.
Hipólito, manda y ordena. Fue elegido hace un año a mano alzada por toda la comunidad. No recibe pago, porque asegura que es un honor servir a la comunidad. Entre las tareas que le competen está regular el nuevo turismo, manteniendo principios tan antiguos como el “ama llulla”, el “ama sua” y el “ama q´ella”, esto significa que todas las personas no deben dar falso testimonio, nadie debe de hurtar y todos deben trabajar. Pero la más difícil: Distribuir a los visitantes entre las cincuenta familias de su comunidad inscritas en el programa de turismo, cada una recibe al menos 2 ó 3 parejas al año.
Las mujeres paran de tejer, lo han hecho en todo momento, mirando de reojo a los turistas, hasta que Hipólito da la orden. Así, el grupo de venezolanos, italianas, holandeses, peruanos, europeos y magallánicos desfiló a distintas familias. Todos llegaron por agencia. Nadie tenía muy claro de qué se trataba. Muchos paquetes turísticos indicaban alojamiento familiar. “Allin punchay” (buenos días), dice Elízabeth Mamani, nos invita a seguirla. Tiene 27 años supimos después. No habla mucho, sólo se ríe y avanza rápida. Cada cierto rato se detiene a esperar. Y cuando la alcanzamos parte de nuevo, rauda con sus pasitos cortos, empinándose hacia el cerro. A 4.200 metros sobre el nivel del mar los pasos se hacen torpes y el paisaje gira en cámara lenta: El lago Titicaca resplandece en un azul tan imponente como el océano Pacífico, pero definitivamente más tranquilo; a lo lejos se ve el Pacha Tata, centro ceremonial pre inca, posiblemente de la cultura Tiawanaco, una gran civilización que surgió en el valle de Pampa Koani, Bolivia, al sur del lago más alto del mundo, con respecto al nombre del “mar” altiplánico, los peruanos dicen que el Titi está en sus fronteras, mientras que el resto de la palabra termina en el lado boliviano, estos últimos reclaman lo contrario.
Según las leyendas de los indígenas, la fabulosa y bella ciudad de Tiawanaku “fue levantada en una noche” por gigantes de piel blanca y larga barba, de rubios cabellos y ojos azules, que se llamaban “Hijos del Sol”.
La casa de Elízabeth está rodeada de plantaciones de papas y habas. Son una comunidad principalmente agrícola. La más contenta con nuestra visita es la pequeña Jocelyn. Le gusta que la fotografíen y luego pide ver las imágenes y no para de reír. Tiene unos ojos grandes, negros y una sonrisa que denuncia la ausencia de dos dientes. Nos pregunta cómo es Chile y queda encandilada con el pelo rubio de Vania.
“Fue idea mía participar en el turismo”, cuenta Elízabeth. Todos estaban reacios pero quien más la apoyo fue su cuñado, Walter Juni. Ya llevan dos años recibiendo foráneos, suman una pareja de chilenos, australianos y “otra que no sé de dónde eran, no entendíamos nada de lo que hablaban… eran simpáticos”, relata.
Las familias “beneficiadas” reciben de la agencia 35 soles diarios, algo cercano a los $ 6.440 pesos: “¡Tan poco!”, exclama Vania, considerando que entregan alojamiento, desayuno, almuerzo y cena. “Antes era peor”, explica Elízabeth: “Teníamos que ir a Puno a cobrar y a veces le decían a uno que vuelva después, entonces el gasto era mayor que la ganancia”, cuenta. Luego la comunidad se organizó y ahora les pagan a la directiva, en la isla, entonces los líderes son los encargados de cancelar y “deben pagar antes de recibir a los turistas”, insiste.
En la tarde, el grupo de turista se reúne en una plaza antes de recorrer algunos sitios arqueológicos. Todos están asombrados con la paz de las familias. El venezolano, Filiberto Russo, dice que “esta comunidad tiene un alto nivel de vida, viven en armonía con la naturaleza. Comen lo que cultivan. Me hicieron sentir que hay muchas cosas que no necesito para vivir. Vi familias unidas que no estaban distraídas por la radio o la televisión. Una italiana grita: “Acá el silencio no incomoda, hay paz”.
Luego del recorrido todos retornan a sus familias. En la noche hay una fiesta y todos deben vestir los atuendos de la comunidad. En la Isla todos tejen, los hombres comienzan a los ochos años y en las fiestas importantes las mujeres lucen los trajes que le hacen sus esposos y cada segundo de descanso que tienen las mujeres cosen y descosen el tiempo que a 4200 metros de altura transcurre más lento.
Dicen que los taquileños, habitantes de una isla contigua son especialmente conocidos por sus tejidos, los que se encuentran dentro de la más fina artesanía del mundo. “Taquile y su arte textil” fueron honrados al ser proclamados “obras maestras del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad” por la Unesco.
El guía Percy Flores, descendiente quechua, asegura que pese al turismo, la comunidad mantiene con fuerza sus tradiciones y “lo hace con la misma fortaleza que demostraron en el pasado cuando en la colonia los españoles prohibieron el quechua so pena de muerte”. Entonces los indígenas burlaron al conquistador y transmitieron de manera secreta la lengua que los conecta con la tierra. Y ahora que llega el turismo mantienen la misma hidalguía.

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Cuando los poderosos guerreros incas llegaron al Lago Titicaca, descubrieron en su desplazamiento a un grupo de indígenas que se escondía entre la totora, los llamaron “Uros”, que significa tímidos. El ejército no les prestó atención, su objetivo final era subyugar a los aimaras, algo que nunca pudieron conseguir. En la actualidad un grupo de indígenas que dice descender de los Uros vive en medio del Lago Titicaca, en islas artificiales hechas de totora. Los turistas recorren las pequeñas ínsulas y los originarios cuentan su experiencia y explican la forma en que construyen las islas flotantes. Según el guía Percy Flores, cerca de un 30 % vive en las islas; el resto en Puno.

 
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Written by: Crónica Austral

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