Cotidiana realidad en Magallanes: vivir con vientos por sobre los 100 kilómetros por hora

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Cotidiana realidad en Magallanes: vivir con vientos por sobre los 100 kilómetros por hora

La cotidiana realidad de Magallanes
Vivir con vientos por sobre los 100 kilómetros por hora
NOTA VIENTO

Condiciona las construcciones, obliga a acordonar calles y es, por estos días, el mejor aliado de los peluqueros

Algunos caminan agachados, otros avanzan lentos como pingüinos. Todos, resistiendo la caricia gélida en el rostro, y agarrados fuertemente a los cordeles instalados entre los postes de las calles céntricas. No hay otra receta para resistir los vientos que entre octubre y marzo avanzan por sobre los 100 kilómetros por hora, en la ciudad de Punta Arenas, cuando los días son más largos y alcanzan las 17 horas de luz.
La imagen es una postal recurrente en época estival y selfie obligado de Katja Drnovsek y Simón Avbar, turistas de Eslovenia que llegaron –como muchos- sin saber nada del viento y sus ganas de tumbar a los descuidados.
-Esto es loco. Sabíamos de la Patagonia y sus bellezas. Pero nadie te habla del viento. ¡¿Qué ciudad resiste esto?! -dice asombrada Drnovsek.
El hálito de las corrientes suroeste y noreste envuelve a la ciudad, con un rugir metálico que golpea techos, sacude casas, carteles y condiciona las construcciones.
María Fernanda, 25, cambió hace casi cuatro años el calor y el ritmo de Colombia por el frío, y la fuerza de los “huracanes”, así le dice ella a las ráfagas fuertes que el año pasado llegaron a los 140 kilómetros por hora. “Aparecen de repente, y te botan. Ya me he caído dos veces y he chocado con un poste… Acá la gente vive como si nada, yo todavía no me acostumbro y quizás eso nunca pase”, explica Fernanda.
Espectador privilegiado es el conserje Ruperto Vera, 54. Desde la mampara que da a la calle del edificio Libertadores, ubicado en una de las esquinas predilectas del viento, sigue atento a las piruetas que hacen los transeúntes para no caerse. “A veces da risa, pero hemos tenido que atender en el hall a las personas que se caen y tienen que esperar a que llegue la ambulancia”, precisa.
A partir del año 1982, cuando se inauguró el edificio, Ruperto Vera, junto a sus colegas, asumieron la misión de atar una cuerda de 50 metros entre los postes para ayudar a los peatones. Lo mismo ocurre una cuadra más hacia el cerro, justo en la esquina del edificio Enap, ahí la tarea recae en el municipio. Otros locales se han sumado a la causa.
“En invierno las caídas son por escarcha y en verano, son bien pocas las emergencias que atendemos por caída. La gente está acostumbrada a caminar agachada y los adultos mayores, tienen la precaución de no salir”, aclara Carlos Vargas, encargado del Centro Regulador del Samu Magallanes.

La arista trágica
Buses tumbados, postes caídos, y naufragios son la rara excepción y la cuota trágica de los temidos soplos australes, graficados en la historia, la literatura y la realidad.
El lunes, recién pasado, volcó un bus de turistas que avanzaba hacia el Parque Nacional Torres del Paine. De los 40 pasajeros a bordo, 21 quedaron heridos, de los cuales hay cuatro graves.
“Nos encontramos con el accidente del bus, por lo que nos detuvimos inmediatamente a rescatar a los heridos que aún permanecían en el interior del bus arriesgándonos a volcarnos por la fuerza del viento y la voladura de piedras producidas”, describía en las redes sociales, Ana Araya González.
Las causas se investigan, pero hasta ahora el viento corre como uno de los principales sospechosos.
“Los magallánicos viven con normalidad el viento. 80 kilómetros son apenas una brisa, recién cuando corre sobre los 110 kilómetros por hora nos empezamos a preocupar. En la Onemi entregamos información permanente a la comunidad. Un día antes del accidente del bus, habíamos dado la alerta amarilla a todas las líneas de buses. El camino a Torres del Paine es complicado. Velocidad, curvas y viento hacen que las maniobras siempre sean más complicadas”, advierte Francisco Cortés, director regional de la Onemi.
La última racha fuerte ocurrió en octubre del año pasado. Cayeron algunos postes, ramas de árboles, internet, carteles y volaron algunas techumbres mal clavadas. “Si hubiera ocurrido en otra ciudad de Chile, lo más probable es que habría sido una tragedia”, apunta Cortés.
Para el arquitecto Jorge Molina, más que una estructura especial que fortalece las construcciones, en la zona existen hábitos arraigados que evitan, por ejemplo, que vuelen las techumbres. “Un viento fuerte de Magallanes puede destruir una ciudad del norte del país. Pienso que acá existe una costumbre de revisar permanentemente los techos, preocuparse de las canaletas. Hay una vinculación de la estructura con el medio, se privilegia la resistencia al viento que a la caza del sol, por eso algunos hogares son tan oscuros”, explica.
Así y todo, el viento no complica, y sagrado, cada fin de semana, futbolistas amateur que pasaron hace rato los 40 años persiguen la pelota en las canchas sintéticas al aire libre. “Más de una vez el arquero ha sacado y la pelota ha dado una curva terminando en autogol. Por eso, hay que dar pases cortos y tratar de avanzar en masa, cuidando el balón. Si tuviéramos un equipo profesional seríamos invencibles de local, jugando con viento y nieve nadie nos ganaría”, advierte Eliecer Bahamondez, crack magallánico.

bus “Lo presentía, porque las piedras golpeaban el parabrisas del bus y en cinco minutos habían más de cinco piquetes.  Ahí el hombre –chofer- debió tomar la decisión de parar o devolverse.  Nunca he visto un viento así”, dice angustiado Jhonie Flores, de Rancagua que pide flexibilidad en las líneas aéreas para retornar a su hogar.

 “Se me arruinó el viaje por el accidente,ahora tengo que esperar a que me operen y luego irme a mi hogar.  Quedé con el brazo bajo el bus.  Todos gritaban, lloraban.  Fue impactante.  Para sacarme tuvieron que hacer un hueco en la tierra”, recuerda Daniel Ángel, turista colombiano.

 

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Negocio redondo
Frente al espejo, Víctor Paredes, 50, todas las mañanas, hace del peinarse un verdadero arte. Cada pelo queda perfectamente ordenado hasta disimular la prematura calvicie. “Es harto trabajo. Todo termina cuando salgo a la calle, ahí el viento me desordena hasta las ideas, así que en esta época voy directo al peluquero y me asumo”, comenta entusiasmado.
Un negocio redondo para Ana María Ravenna. Hace 45 años corta el pelo y durante la temporada de verano sus clientes aumentan al doble. Los hombres eligen el corte militar o algo similar y las mujeres prefieren peinados especiales, donde el tiburón u otros pinches arman complejas estructuras para resistir el viento.
“Esta es la mejor época del año. Es cuando más clientes tenemos los estilistas y peluqueros. Llegan chascones, melenudos, la mayoría cansados de andar con el pelo sobre los ojos, o estar llenos de gomina”, defiende Ravenna y proclama al viento su mejor aliado.
“Me cago, che”, dicen los magallánicos cuando las rachas pasan los 100 kilómetros por hora. Un soplido que en el pasado también sintieron los canoeros australes, corsarios y habitantes que caminaron semidesnudos por la pampa austral.
Tanto marca el viento a los habitantes del austro que el escritor magallánico, Óscar Barrientos, escribió la novela: “El viento es un país que se fue” y Gabriela Mistral, a inicios del siglo pasado, lo graficaba como “La tragedia inútil de los vientos”.

Written by: Crónica Austral

Un espacio para narrar y contar las historias de la Patagonia, a través de la investigación periodística y la recuperación del relato como instrumento de seducción en el fomento de la lectura. Todos los textos pueden ser utilizados siempre que se cite la fuente.

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